domingo, 1 de mayo de 2011

CS2011 — Etapa 2 (Camino de Portomarín)




¡Hola peregrin@s! Esta noche os escribimos desde la habitación cuádruple de nuestro hotel de Portomarín (o si lo preferís, en castellano, Puertomarín). Si ayer os hablaba de un plácido paseo, lo de hoy ha sido de todo menos eso. Aunque el día empezó bien, la tarde ha sido más bien desastrosa tirando a horrible... Nos hemos mojado como pollos y, por si fuera poco, Toñín y yo nos hemos liado a la hora de mover los coches de apoyo para mañana y gracias que hemos llegado, por los pelos, para la cena en Portomarín, sin tiempo ni para duchas ni para siestas ni para nada de nada. Bueno, a continuación os dejo el relato de la etapa... A ver si puedo contároslo, porque Isidro acaba de poner a secar sus calcetines sobre un cuadro de la habitación y, como dicen por estas tierras, cheiran que apestan...
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Y el caso es que el día no empezó mal. Amaneció fresco y gris pero sin lluvia. Esta pasada noche, mi compañero de habitación, el peregrino Juanma, interpretó un par de piezas con su serrucho (¿Mozart?, ¿Brahms?, ...) pero la cosa estuvo más moderada que otras veces. A las nueve de la mañana Los 4+1 peregrinos estábamos desayunando en una cafetería próxima a nuestro hotel de Sarria y algo antes de las diez ya estábamos recorriendo los primeros metros de la etapa de hoy, de 22 kilómetros, que nos llevará a Portomarín. En la salida nos hemos liado un poco, al igual que un grupo de peregrinos italianos, pero una señora del lugar nos indicó rápidamente por dónde atajar.
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Se sale de Sarria cruzando las vías del tren y enseguida te introduces en un espeso y frondoso bosque, tipo El bosque encantado, donde predominan hayas, robles, pinos y multitud de arbustos. La verdad es que se trata de un bosque fascinante donde parece que en cualquier momento te puedes topar con un hada o con un duendecillo despistado. Nosotros no hemos llegado a ver ninguno.


"Intrahistoria" de una foto

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En seguida llegamos a uno de los parajes "estrella" del día de hoy... Un puente bajo la vía del tren... Un riachuelo (el río Celeiro) bajo el puente... Un entorno boscoso realmente bonito... Vamos, el lugar idóneo para hacernos una foto de grupo dentro del cauce del río. Así que preparo la cámara, coloco el trípode, busco el ángulo que parece más adecuado para tomar la foto... Van pasando los minutos... Elijo finalmente una piedra dentro del cauce del río para apoyar la cámara. Como la cámara está en modo automático, tengo diez segundos para correr a colocarme delante del objetivo (dentro del cauce del río, junto al resto de peregrinos)... Siguen pasando los minutos...

Por fin ya está todo preparado, le doy a la cámara para que saque la foto en modo automático y empiezan a contar los diez segundos... Corro dentro del río para ponerme delante del objetivo... 10...9...8...7...6...5...4...3...2...1... ¡Foto! ¡Maldita sea! No me ha dado tiempo a llegar y he salido en la foto medio corriendo... A empezar otra vez... Ya llevamos aquí casi un cuarto de hora y todo por una dichosa foto.

Cuando empiezo a preparar la cámara para un segundo intento escucho una voz de un peregrino que pasaba por detrás de mí y que me dice: "Si quieres os la saco yo". En medio de la carcajada general, no sabía si agradecerle el ofrecimiento o estrangularle directamente... ¡Grrrr! Bueno, creo que será mejor para todos que nos la saque él, pensé. Al final, este peregino, que resultó ser de Murcia, fue el autor de la foto definitiva en el río bajo el puente del tren. Si no llega a aparecer este hombre, igual todavía estábamos intentando sacar esa dichosa foto.

Esta anécdota ilustra lo que es nuestro recorrido cotidiano y el porqué de que nos lleve, a veces, tanto tiempo recorrer un pequeño tramo del Camino. Nos podemos entretener con cualquier cosa pero también, de este modo, disfrutamos más del entorno y nos echamos unas risas. Tras esta foto reanudamos el Camino cruzando el espectacular bosque donde nos encontrábamos. Desde que hemos salido de Sarria no hemos hecho más que subir cuestas pero apenas si nos hemos enterado de ello por lo bonito del entorno.


A por los últimos 100 km del Camino


A la salida del bosque vemos las primeras aldeas del día. Primero Barbadelo, donde hacemos un pequeño alto con tentempié en su albergue de peregrinos, y unos metros después, Rente. Ya llevamos más de cinco kilómetros de etapa.

A propósito del cinco, como en el año pasado, todos los peregrinos estábamos atentos a no caer en la famosa rima relacionada con ese número: ya sabéis... cinco... ¡por el c... te la hinco! Que si llegamos a las tantas y cinco, que si faltan cinco kilómetros, etc. Teníamos unas especiales ganas de pillar al peregrino novato de este año en esas rimas, pero no era tarea fácil. Desde que hemos entrado en Galicia cada quinientos metros hay un mojón kilométrico... Os podéis imaginar la guasa cuando llegamos al punto del mojón 105,5... Isidro, ¿cuánto queda, que no veo bien desde aquí la indicación? Juajuajuas... Pero no picaba, el muy jodido... Sin duda, ha sido bien advertido por Juanma antes de venir aquí.

Desde nuestra anterior parada en el albergue, el perfil del Camino se suaviza y nos encontramos con más tramos de asfalto, aunque todavía seguimos cruzando sendas, veredas y las típicas corredoiras, o sea, pasos de piedra junto a un curso de agua. Justo a la salida de la pequeña aldea de Brea, a la una de la tarde, nos topamos ¡por fin! con el mojón de 100 kilómetros hasta Santiago, lo que celebramos como un pequeño hito en nuestra aventura jacobea. Y pensar que quedaban casi 800 desde Roncesvalles...
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En seguida llegamos a otro pueblecito, Ferreiros, donde destaca la pequeña iglesia románica de Santa María. Estaba cerrada y nos ofrecieron abrirla para nosotros pero, como ya era la una y media de la tarde, íbamos con el tiempo un poco justo para comer. Este tramo ya era de calzada y aun tuvimos ocasión de atravesar otra pequeña aldea antes de comer, Rozas, donde nos esperaba un grupo de vacas, que nos siguió durante unos minutos por la carretera, y algún que otro lagarto que se escondió a nuestro paso.


video.

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Comida en medio del bosque
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A las dos y cuarto de la tarde llegamos al albergue de la aldea de Mercadoiro, lugar donde ayer aparcamos mi coche y donde vamos a comer hoy. Desde aquí quedan cinco kilómetros (¿os fijáis que siempre sale ese dichoso número?) hasta el final de etapa y el recorrido ya es, más o menos, de bajada.

El sitio nos gustó especialmente: se trata de un albergue que tiene un restaurante con bar, terraza y cierto ambiente chill out. Antes de volver a Sarria a recoger a Tori y al peque, Toñin y yo nos echamos unas cañitas con el resto de peregrinos. Luego fuimos con el coche a recoger a los que se quedaron en nuestro hotel de inicio de etapa mientras el resto de peregrinos elegía mesa y encargaba los menús. Al igual que ayer, Toñín, Tori y yo elegimos los menús por teléfono para encontrarnos con la mesa puesta y servida a nuestra vuelta. El pequeño José Antonio tiene la ventaja de que no necesita elegir menú: él es el único que tiene su comida asegurada cada día, a base de biberón, por supuesto... ¡Y que no le falte o que no le llegue con retraso, porque no veáis cómo se pone!

A las tres y media de la tarde ya estamos todos sentados disfrutando del sosiego y de los ricos platos que nos prepararon en este encantador lugar. Pero el tiempo está cambiando. Hasta ahora la meteorología nos ha respetado pero los grises tonos que está adquiriendo el cielo y algún que otro trueno que comenzamos a oír auguran que la tarde va a ser bien diferente de lo que había sido el día hasta este momento. Nada más terminar de comer Laura, Isidro y Juanma se preparan para reanudar la marcha; mientras, Toñín y yo iremos con los coches a Portomarín para dejar a la abuela y al peque en el hotel. El coche de Toñín se quedará allí y tanto él como yo regresaremos con el mío, sin mochilas, hasta el lugar donde estamos comiendo para retomar los últimos cinco kilómetros de etapa.


Ahora se pone a llover...


Fue terminar de ponerse los ponchos los tres peregrinos antes citados y empezar a llover. Toñín y yo fuimos a los coches a preparar todo para llevar al peque y a su abuela al hotel de Portomarín. Son casi las cinco de la tarde y, yendo con los dos coches de apoyo, en seguida nos cruzamos con los tres peregrinos, Laura, Juanma e Isidro, que ya estaban en ruta hacia el final de etapa. A las cinco y cuarto desembarcamos todo en el hotel, niño, abuela y mochilas incluidas, dejamos allí aparcado el coche de Toñín, y regresamos con el mío a Mercadoiro. Ahora nos toca a nosotros dos andar los últimos cinco kilómetros de etapa en medio de una lluvia cada vez más intensa.


Son casi las seis de la tarde. Laura, Isidro y Juanma acaban de llegar ya a Portomarín. Mientras, Toñín y yo nos pertrechamos bien los ponchos y empezamos la caminata en esta oscura tarde. La verdad es que, a pesar de la contrariedad con el tiempo, el recorrido es bonito y, además, cuesta abajo. Se notaba la presencia de un gran río, aunque no se llega a ver el Miño hasta que estás frente al pueblo de Portomarín. Esta parte del recorrido la hicimos completamente solos, no nos encontramos con un solo peregrino por ninguna parte: los últimos los vimos cuando veníamos con el coche. La tarde estaba desapacible y nuestra única compañía fue algún grupo de gallinas que vimos suelto en medio del monte, algo que nos llamó bastante la atención... ¿No habrá raposos por aquí?


Luego de dejar atrás la pequeña aldea de Vilachá, y tras un pronunciado descenso, justo cuando más arreciaba la lluvia, cruzamos el gran puente sobre el embalse de Belesar, en el río Miño, que nos lleva al nuevo pueblo de Portomarín. Y digo nuevo porque el viejo descansa bajo las aguas del embalse, que, por cierto, no estaba en su mejor momento porque se llegaba a ver algún resto del pueblo antiguo. Un curioso puente inclinado con escaleras nos lleva a la ermita de Nuestra Señora de las Nieves, que da acceso al pueblo. Llovía tanto que era muy difícil tomar imágenes de los puentes sin ponerse perdido de agua.
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A las siete horas y un minuto de la tarde entramos en el pueblo por su Plaza Mayor. Y digo bien... "y un minuto", porque ese minuto de más fue el que nos impidió entrar en la iglesia de San Nicolás, donde nos dieron prácticamente con la puerta en las narices y no pudimos sellar nuestras credenciales. Y eso que veníamos calados de agua hasta las orejas. Ya no abren esa iglesia hasta pasado mañana, martes, de modo que nos quedaremos con las ganas de verla por dentro. Así que hemos tenido que poner el sello en un albergue de peregrinos de una calle cercana. Por cierto, que de camino ha dejado de llover y hemos visto la pastelería central de las tartas Ancano, las típicas tartas de Santiago, que las hacen aquí, en Portomarín.


video
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...Y la tarde termina de estropearse del todo
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Al llegar a Portomarín pensamos que lo peor de la tarde había pasado ya... ¡Tururú! Nuestra pequeña pesadilla de hoy iba a empezar en este momento...
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Tras una rápida visita al hotel, sin tiempo ni para secarnos, había que mover los coches de apoyo para la etapa de mañana. Es la etapa más larga de este año, con casi 25 kilómetros, de modo que nuevamente habrá que dejar un coche adelantado en el punto donde se vaya a comer. El lugar elegido es la aldea de Eireche (en gallego, Eirexe), a unos 8 kilómetros del final de etapa. Lo primero que hacemos es acercarnos Toñín y yo a Mercadoiro, el lugar donde hemos comido hoy, a recoger mi coche. Hasta aquí todo bien... Ya con los dos coches nos dirigimos a Eireche...
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Pero ni Eireche, ni Eirexe ni nada que se le pareciera. No conseguíamos encontrar el acceso a este pueblo. No aparecía en los mapas y para el Tomtom de Toñín no existía. Llegamos a ir directamente al final de la etapa de mañana, Palas de Rei, y preguntar en el hotel donde nos alojaremos allí, pero las indicaciones que nos dieron no nos resultaron claras y nos perdíamos una y otra vez. La Guardia Civil me adelantó mientras hablaba con Toñín por el móvil para coordinarnos y menos mal que no me vieron, porque solo nos hubiera faltado que nos pusieran una multa también. Los peregrinos que se quedaron en Portomarín nos llamaron, preocupados por nuestra tardanza.
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Finalmente, cuando ya empezaba a caer la noche vimos un desvío milagroso y siguiendo una carretera muy estrecha conseguimos llegar hasta Eireche. Dejamos el coche en un cruce donde estaban el albergue y el mesón-restaurante del pueblo. Preguntamos en este último para asegurarnos de que mañana teníamos que pasar andando por aquí, cosa que nos confirmaron de inmediato. Regresamos con el coche de Toñín, ya de noche, atravesando todo el pueblo por una oscura calle completamente levantada por las obras, sorteando bocas de alcantarillas, baches y zanjas abiertas. ¡Menudo numerito para salir de este pueblo! Aunque este tramo de la carretera estaba cortado por obras, los del restaurante nos recomendaron que atajáramos por allí porque, a esa hora, los obreros ya se habrían marchado; eso sí, nos dijeron que llevásemos mucho cuidado para no caernos en ningún agujero... ¡Madre mía, qué caminito! Yo indicándole a Toñín (que era quien conducía, a no más de 10 km por hora): más a la izquierda... dale ahora un poquito a la derecha, que nos caemos... Y a todo esto, empezando otra vez a llover...
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A las diez y pico de la noche... Sí, habéis leído bien, pasadas las diez de la noche, y sin acercarnos tan siquiera por el hotel, llegamos al restaurante, en la Plaza Mayor de Portomarín, donde nos esperaba el resto de la expedición para cenar. Una sopita bien calentita de primer plato nos supo a comida celestial. Y de postre, tarta de Santiago (como ayer en Sarria), aunque hoy nos enseñaron a remojarla de otra manera: boca abajo y, en vez de orujo, con vinito dulce de la casa. Aunque, personalmente, prefiero el orujo para acompañar la tarta. Esta vez Isidro no consigió que nos invitaran. Y, como colofón al día, la ducha relajante que hoy llegó después de la cena, en la habitación.


Mañana, a Palas de Rei
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Y así ha transcurrido la etapa de hoy. Esta noche tenemos una habitación cuádruple para los cuatro peregrinos varones (cada uno en su camita, ¡eh!, malpensados) mientras que Laura, su madre y el peque están en otra habitación. El hotel es sencillo pero acogedor: en su día, nos ofreció muchas dudas cuando lo reservamos porque leímos comentarios muy negativos en internet, pero, afortunadamente, no se han visto confirmados.
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Vamos a ver qué tal se portan estos compañeros de habitación que me he buscado para esta noche porque todo apunta a un concierto nocturno de Cuarteto de cuerda (creo que Juanma ya está terminando de afinar el serrucho y Toñín está repasando los últimos detalles de la pieza a interpretar hoy: ¿cuál tocará? ¿Chaikovsky?, ¿Borodin? ...). Isidro se ha encargado de crear ambiente (y no precisamente chill out) al colgar sus húmedos calcetines sobre un cuadro que hay por aquí cerca y que están aromatizando toda la habitación. Todo ello unido a la humedad de nuestros ponchos, ropas y mochilas... Imaginaros... Esto es una verdadera leonera...
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Bueno, como yo también tengo que ensayar, me despido ya hasta mañana en que tenemos la etapa más larga del CS2011, con casi 25 kilómetros rompepiernas, y que nos llevarán al pueblo de Pepiño Blanco: Palas de Rei. A ver qué tal se nos da. Mañana os lo cuento. ¡Buen Camino!


Videomontaje fotográfico de la etapa
(música de Enigma "Beyond the invisible")

2 comentarios:

Juanma dijo...

Realmente emocionante pasar junto al mojón del Kilometro 100. Nos dimos cuenta de que estábamos ya muy cerca del final del Camino.

Juanma dijo...

El peregrino Isidro está disfrutando del Camino y se atreve a sonsacar al camarero unos licores de orujo gratis.