martes, 29 de abril de 2008

CS2008 – Etapa 4 (Camino de San Juan de Ortega)




¡Hola peregrin@s! Esta noche toca escribiros desde una preciosidad de lugar: San Juan de Ortega, una pequeña aldea de poco más de 20 habitantes que cuenta con una iglesia-monasterio que es una maravilla. Estamos en el centro rural La Henera, que hemos estrenado nosotros y, la verdad, es una gozada poder pernoctar aquí, a solo 20 metros del monasterio... Lo tenemos delante mismo de las habitaciones y está tan cerca que casi lo podemos tocar. Encontrar sitio aquí no fue fácil, porque se trata del único alojamiento que hay en varios kilómetros a la redonda y, de hecho, casi todo el mundo ignoraba su existencia. Lo reservamos por auténtica casualidad, por internet, y eso nos permite mantener nuestra ruta inicialmente pensada para las etapas del Camino. La de hoy, de 24 kilómetros, ha discurrido así...


Los primeros kilómetros

Hoy hemos desayunado pan tostado con mermelada, café y zumo en el comedor de nuestra preciosa casa rural de Belorado, que nos ha despedido a las ocho y veinte con la chimenea encendida. Aprovechamos para hacer una visita "de día" a la Plaza Mayor del pueblo, que cuenta con varias iglesias muy bonitas, y, acto seguido, enfilamos el Camino.

La mañana es clara y soleada, pero de forma muy engañosa. Hace un frío que pela, calculo que unos 4 ó 5ºC, y un viento muy molesto. Probablemente, la sensación térmica esté por debajo de los 0ºC. Hoy sí que nadie se atreve a salir con manga corta. De hecho, los bordones (bastones) los agarramos manteniendo los dedos de la mano por dentro de la manga para protegerlos del frío.

Todos los pueblos intermedios de la etapa están en la primera mitad del recorrido. En el último de ellos, Villafranca, pararemos para avituallarnos. El primer pueblo en aparecer es Tosantos, a los 5 kilómetros de recorrido. Fuera del pueblo, destaca una curiosa iglesia excavada en la roca que podéis ver, si os fijáis bien, en la parte izquierda de la fotografía de la derecha.

Dos kilómetros más adelante, ya a las diez de la mañana, llegamos al pueblo de Villambistia, con una sólida iglesia parroquial. Y otros dos kilómetros después, alcanzamos el pueblo de Espinosa del Camino. Solamente nos faltan 4 kilómetros para Villafranca. Hasta aquí el camino es de continua subida entre verdes campos de cereal, aunque bastante llevadera si no fuera por ese gélido y molesto viento que nos traspasa literalmente.


Parada y fonda en Villafranca

A las once y media de la mañana llegamos a Villafranca de Montes de Oca, a 4 kilómetros de Espinosa, y sellamos nuestras credenciales en el albergue de peregrinos. Un poco antes habíamos pasado por las ruinas del Monasterio de San Félix, donde se dice que reposaron los restos del fundador de Burgos, el conde Diego Porcelos.

A partir de aquí el camino se hará empinadísimo, ya que se atraviesan los Montes de Oca, donde los bandoleros y maleantes acosaban a los peregrinos del medievo. Hasta el final de etapa quedan 12 kilómetros sin pueblos intermedios, de modo que entramos en un comercio-bar para comprar fruta y embutidos para preparar los bocatas del almuerzo. Este comercio estaba regentado por una pareja de abuelitos que nos atendieron muy bien. Aprovechamos para comernos aquí unas racioncitas de ibéricos (chorizo, jamón, queso de Burgos...) que hay que ver lo buenas que estaban...

Como nota curiosa, entró una peregrina francesa a comprar algunas cosas y, por cuestiones del idioma, se liaron un poco a la hora de atenderla. Ella decía que si le faltaba un euro de la vuelta o algo así, y los abuelitos, que si lo que quería era un yogur o vete tú a saber el qué. Tras cinco minutos de genuino diálogo de besugos, parece que todo se aclaró (más o menos).


En este bar coincidimos también con Turbomán, un peregrino gallego de esos que se hacen 40 kilómetros por etapa en un abrir y cerrar de ojos, que nos preguntó cómo era la subida a los Montes de Oca y dónde podía alojarse. Le dimos el teléfono de nuestro centro rural y más adelante, ya en la subida a los Montes, nos lo encontramos comiéndose un buen bocata mientras nos comentaba que tampoco era para tanto la subida... Desde luego, este tío iba sobrado mientras los demás estábamos con la lengua fuera... De ahí lo de Turbomán... Por supuesto que luego nos volvió a adelantar y ya no hemos sabido más de él. (Igual ya ha llegado a Santiago, el tío).


Subidón a los Montes de Oca

Pues algo después de las doce de la mañana, tras este primer avituallamiento, y ya cada uno cargando con su comida del almuerzo, iniciamos el descomunal subidón que hay para salir de Villafranca. Si miráis el perfil de etapa que pongo al principio del artículo (recordad que se ve de derecha a izquierda), os podéis hacer una idea. Había veces que parecía más escalada que caminata.

Enseguida, el pueblo de Villafranca ya estaba a nuestros pies. Las vistas eran espectaculares con las montañas nevadas de la Sierra de la Demanda en el horizonte y bosque a nuestro alrededor. A los dos kilómetros topamos con una pequeña área de descanso donde estaba Turbomán, como os comenté antes.



Por el camino, sufriendo, había más peregrinos. Una pareja de italianos, otros que iban en bicicleta (cómo sufrían los pobres...). También vimos algún monumento recordando a los caídos en la Guerra Civil: sin duda, el bosque que atravesábamos fue zona de combate.

Según avanzábamos, el camino se hacía más ancho y, tras una serie de espectaculares toboganes, parecía que comenzaba el terreno de las bajadas. Por cierto que los peregrinos ciclistas lo pasaron especialmente mal en esta zona de toboganes, ya que tenían que recorrerlos apeados de sus bicis y empujando. ¡Menuda paliza! Cuando llegaron las bajadas, el camino se convirtió en una auténtica "autovía del peregrino", anchísima y fácil de recorrer.


La hora de comer... ¡Nos adelantan hasta los caracoles!

A eso de las dos de la tarde buscamos una zona algo resguardada del viento, entre los pinos, para comer. Cuando estábamos terminando nuestros bocatas se sentó cerca de nosotros una peregrina de cierta edad, alemana y residente en Barcelona, con un acusado acento y algo empalagosa (nos recordaba un poco a la peregrina Elisabeth del año pasado), a la que habíamos adelantado hacía una hora, que nos vino a decir que se alegraba "por haber sido capaz de alcanzar a alguien, acostumbrada como estaba a que todo el mundo fuera más deprisa que ella". Estas palabras acabaron por comernos la moral acerca de nuestra "velocidad de crucero en cada etapa".

Estuvimos solamente cinco minutos con ella, porque ya habíamos terminado de comer, y reanudamos la marcha. La verdad es que las palabras de la alemana nos calaron hondo: realmente, ¿somos tan lentos? Puede que sí, pero hay que tener en cuenta que nos detenemos a hacer fotos, filmar imágenes, solemos parar más tiempo que los demás para comer, de vez en cuando hacemos alguna paradita extra para satisfacer nuestras necesidades, o para descansar un poco... Bueno, creo que sí somos algo lentos, jejeje... Pero seguro que disfrutamos más de las excelencias del Camino que otros...


Descenso por el bosque hasta San Juan

El resto del camino hasta San Juan era un largo y suave descenso de unos 5 kilómetros por el bosque. Si no fuéramos tan machacados diría que este tramo era un auténtico y delicioso paseo por en medio de los pinos, escuchando tan solo el sonido de los pájaros y de las ramas de los árboles batidas por el viento... Bueno, también se oía el ruido de alguna molesta motosierra desde lo más profundo del bosque.

A las tres y media de la tarde divisamos, por fin, en un claro de bosque, la silueta del monasterio de San Juan de Ortega. ¡Otra etapa más a la buchaca!




San Juan de Ortega

En San Juan de Ortega lo primero que hicimos fue acomodarnos en nuestras habitaciones de las recién inauguradas instalaciones del centro rural, que están a cargo de dos jóvenes hermanos, hijos del matrimonio que regenta el único bar del pueblo, Bar Marcela. En todo momento nos atendieron fenomenal, como luego os cuento.

Las habitaciones están muy bien. Desde ellas se ve el monasterio, que está literalmente "a un paso". Disponen de terraza exterior por la que puedes salir directamente a la calle, por la zona ajardinada que rodea el complejo. Descansamos aquí un par de horas y luego nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo donde la primera visita obligada es al monasterio, donde descansan los restos de San Juan de Ortega. El lugar es bonito por fuera y por dentro.

En el Bar Marcela, donde fuimos en principio a tomar unas cañas y acabamos empalmando con la cena, al calor de la chimenea de leña encendida, el dueño nos explicó El milagro de la luz. En el monasterio hay un capitel, el de la Anunciación, que se ilumina por un rayo de luz de sol en los equinocios de primavera y otoño, hacia las cinco de la tarde (hora solar). Cada 21 de marzo y 22 de septiembre, un rayo de sol del atardecer penetra por la ojiva de la fachada e ilumina el capitel de la izquierda del ábside, donde está la escena de la Anunciación. Luego se posa en la del Nacimiento y por último en la de la Adoración de los Magos. El efecto apenas dura diez minutos, pero son suficientes para que los numerosos asistentes, congregados para contemplar el fenómeno, sientan una emoción especial.

La gente del bar gestiona el sello que se pone en la credencial. El ponernos el sello esta vez no fue una tarea "rutinaria" como en ocasiones anteriores, sino que hubo que convencerles diciéndoles que estábamos alojados en el centro rural, porque, al parecer, debían estar hasta el gorro de poner el famoso sellito a todos los que pasaban por allí. Gracias a la mediación de los hijos de los dueños conseguimos que nos sellasen las credenciales.

La cena del Bar Marcela, cocinada por la madre de nuestros anfitriones, consistió en el "menú del peregrino": una tortillaza de patatas y una espectacular ración de morcilla, regado todo ello con caldos de la tierra. Pedimos dos menús para los cuatro y acabamos muy bien servidos. Casi tan bien como los alemanes que teníamos al lado, vecinos de habitación en el centro rural, y que se metieron una ración para cada uno de ellos "de aquí te espero". No se les entendía ni una palabra pero por la cara que ponían no se quedaron con hambre precisamente.
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Para que todo terminara de salir perfecto, nos pedimos como postre unos buenos copazos que nos dejaron llevar hasta el centro rural (era solo cruzar la calle) para poder ver allí, en la televisión panorámica del hall (que prepararon solo para nosotros), la semifinal de la Champions entre el Barça y el Manchester Utd. Fue gracioso cruzar la calle en medio de la oscuridad de la noche, cada uno con su vaso de güisqui y su coca cola, acompañados por los dueños del complejo rural. El partido lo ganaron los ingleses, pero eso fue lo de menos. El trato que recibimos no pudo ser mejor.




Mañana, a Burgos

La etapa de mañana, con 28 km, es de un suave descenso que nos llevará a Burgos. Por el medio hay una pequeña subida a los montes de Atapuerca pero, después de lo de hoy, no deben entrañar la menor dificultad. Hay varias opciones para entrar en Burgos y espero que no nos despistemos con la ruta a seguir. Ojalá que sigamos disfrutando de las morcillas de esta tierra durante varias etapas más. Lo que sí es seguro es que continuará el frío. Yo mañana saldré con camiseta, camisa gruesa de manga larga y forro polar, unas encima de otras, por lo menos para las primeras horas del día porque aquí el frío te cala hasta los huesos. Ya os contaré. ¡Buen camino!


Videomontaje fotográfico de la etapa
(música de The Police "Invisible sun")

1 comentario:

Juanma dijo...

¡¡¡ Que bien lo pasamos en San Juan de Ortega!!!

Inolvidable la "noche de pelotazos".